Predicación de la Vigilia de Pascua en la Parroquia de Ntra. Sra. Del Mar.

“Se que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado”.
Así dijo el ángel De Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro.
Cristo, enardecido, apoteósico, sale de la oscuridad del sepulcro, y la creación entera grita sin control: !Aleluya! Reclamando y vitoreado a su Salvador. Él, tras visitar el Sheol, libró a los justos abriéndoles las puertas del cielo.
Glorioso té haces notar, iluminas el cielo con tu luz ardiente como fuego que no se apaga, ni mengua, al llegar al suelo, donde calmas con un: “No tengáis miedo”, a los que sin consuelo te buscaban muerto. Y es así, como dejas en el cielo un cierto sabor a tierra, y en el suelo un cierto sabor a gloria.
Y es que, su propia vida, no era solamente suya, era una comunión existencial con el Padre, un estar insertado en Dios. Por ello, no se le podía quitar la vida. Él pudo dejarse matar, y lo hizo, por amor. Destruyendo así la muerte, porque !Él es la vida! Una vida indestructible, que brota a borbotones incluso de la misma muerte.
Pilato, en un acto de filosofía, dialogaba en la Pasión con Jesús sobre la verdad. Ahora, ya sabe que es la verdad. La tenía delante, y no se dio cuenta. La verdad, la vida, el camino, es Cristo resucitado, que siempre nos precede en nuestros caminos a Galilea. Él, como buen pastor nos guía por el camino de la vida para llevarnos a la plenitud junto al Padre eterno, en una gloria que no conocerá el ocaso.
Y es por esto, donde el bautismo tiene un papel importantísimo en nuestras vidas, porque dejamos de ser criaturas para llamarnos hijos de de Dios.
En esta Vigilia Pascual, meditamos también de alguna manera, sobre el tiempo. Donde mi pasado, nuestro pasado, es encontrarte, percatarme cuando apareces, amanecer queriéndote cerca, luego de una noche de soñarte. Mi presente, nuestro presente, es recordarte, traer a la memoria como llenabas mis días, como inquietabas mis noches, es un no olvidarte. Mi futuro, nuestro futuro, es ir a buscarte, encontrarme cuando me pierdo para recuperar tu amor que nunca me dejó, y pedirte perdón para siempre amarte.
En la Historia de Salvación, que hemos ido oyendo en todas estas lecturas, nos damos cuenta como nunca falto Tú mano protectora. Porque si el mar no pudo detener a Moisés, si un muro no pudo detener a Josue, si un gigante no pudo detener a David, si la muerte no pudo detener a Cristo… NADA podrá detener el Amor de Dios.

Diácono, José Luis López.