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Carta Pastoral de nuestro Arzobispo “Rey del Universo, Rey de la paz”

Rey del Universo, Rey de la paz

 

Este Domingo, último del Año Litúrgico, la Iglesia celebra la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. La figura del rey ha estado presente en numerosos pueblos desde tiempos muy antiguos, pero en el caso de Israel surgió de modo tardío. A diferencia de sus vecinos, consideraba a Dios su único y verdadero rey, quedando el gobierno ordinario del pueblo en manos de los jueces y los sacerdotes. No obstante, el trascurrir de los siglos hizo que también estableciera la monarquía, aunque los gobernantes de Israel se diferenciaban de los mandatarios de los pueblos vecinos. Los jueces y reyes de Israel eran gente del pueblo, elegidos por Dios para guiar al pueblo según el designio divino. Este hecho, quedaba claro de un modo particular al escoger Dios para este menester a hombres que desarrollaban el oficio de pastor, un oficio que suelen practicar personas de condición humilde y que comporta múltiples sacrificios. Un gobierno basado en el servicio, el cuidado y el amor y no en la autoridad despótica.

Jesús ejerce su realeza de un modo muy singular. Ya que no se desarrolla como el «poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad» (Benedicto XVI). Un reino, en definitiva, que no es de este mundo, y un rey cuya corona no es precisamente de oro y piedras preciosas, sino de espinas, y cuyo cetro es una caña (cf. Mt 27, 29). El Rey humilde que entró en la Ciudad Santa a lomos de un pollino, que viene a traernos una paz y una alegría que sólo Él puede dar. El modo que tiene Cristo de reinar consiste en dar su vida en la cruz por la salvación de todos.

Jesucristo es el Rey de la paz. El Concilio Vaticano II nos enseña que «la paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia» (Gaudium et spes 78). La paz nace de la justicia, y todos estamos llamados a trabajar por la justicia, cada uno desde la responsabilidad que le ha sido encomendada, desde sus capacidades, desde el lugar en que se desenvuelve su vida. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz se construye a partir de la fraternidad, de la solidaridad, de la colaboración entre personas y entre instituciones. La paz se construye sobre el cimiento de una distribución de la riqueza más equitativa, sobre la promoción de los más desfavorecidos, sobre la cooperación al desarrollo de los más pobres, sobre el respeto a la dignidad de las personas y de los pueblos.

Celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. A Él le fue dado el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos y naciones le servirán, porque su poder es eterno, y no cesará; porque su reino no tendrá fin (cf. Dn 7, 14). Pero no ha venido para dominar a los hombres, a los pueblos o a los territorios, sino para liberar a los seres humanos de la esclavitud del pecado, para reconciliarlos con Dios, para reinar en el corazón de cada persona, para dar testimonio de la verdad, para construir un reino de justicia, de santidad y de gracia, de amor y de paz.
 

+ José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla

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